Del rojo comunista al rojo coca-cola

Crítica de "Good bye, Lenin!" de Wolfgang Becker, 2003.

La República Democrática Alemana ya no existe. Es cosa del pasado. ¿No has visto las noticias? Ayer derribaron el muro. La gente de Alemania del Este ha invadido la ciudad y pronto dejará de existir el marco alemán. Más vale darse prisa para occidentalizarse. Hemos ganado y debemos estar contentos. Tendremos libertad de prensa y festejaremos las primeras elecciones libres. Nadie pensará en el pasado con nostalgia, no habrá alguien que se atreva. Somos al fin, un país unido, con futuro sólido. Se acabaron las mentiras del socialismo. Sí, soplan los vientos del cambio. Sólo los viejos aceptan a regañadientes el nuevo orden del universo, rezongan y miran con ojos recelosos los pepinos traídos de Holanda y las hamburguesas de Burger King. Allá ellos. Nosotros somos el futuro de la nueva Alemania, nosotros, los nuevos.

Me otorgo por algunos minutos la licencia de imaginar el sentimiento nacional que debió invadir a miles de alemanes en aquel histórico día de octubre de 1989, cuando se abrieron las fronteras y se unieron las familias que por 40 años dividió el muro de la ignominia.

Ésta película no sólo retrata ese sentimiento a través de Álex, Lara, Ariane, Reiner y Denis; sino también retrata el sentimiento opuesto, el de la gente vieja, que solía tener un empleo y ocupada la mente de ilusiones socialistas y que ahora ya no encuentra cabida. Pero esta no es la única perspectiva con la que podemos ver a la película. También está el asunto de la mentira. ¿Es bueno mentir? Si lo es, ¿hasta que grado es buen mentir? O más bien, ¿hasta cuando es bueno prolongar una mentira? ¿Bajo qué circunstancias es bueno mentir? ¿Qué tanto nos miente el gobierno? ¿Quién miente más, un gobierno capitalista o uno comunista? ¿Qué significaron 40 años de un país que no existía más allá de los ideales?

Desde otra perspectiva, tenemos el sacrificio real, entregado y amoroso de un hijo travieso hacia su madre, una relación que muy poca veces es retratada en el cine. Alex y su amigos (un poco de referencia a Naranja Mecánica de Kubrick), hacen hasta lo imposible para guardar una pequeña porción de esa Alemania socialista que se ha ido como agua entre los dedos, con tal de que la madre de éste no sufra un impacto emocional fatal. El eslogan con que la cadena HBO la promocionó no podía ser mejor: “la Alemania comunista subsiste en un área de 4 metros cuadrados”. Vemos como Alex, el hijo, busca entre la basura frascos de conservas que se madre adora, pero que han dejado de producirse por la llegada de las marcas occidentales; como la ropa vieja que nunca pasó de moda en 40 años sale nuevamente del sótano, las viejas cortinas, los viejos muebles y hasta un poco de lo que significan los contenidos de la televisión: la veracidad de la información depende de quién (nos) gobierne.

Pero lejos de toda la seriedad del tema político, tenemos también una película entrañable con buenos tintes de humor que no salen sobrando y una mágica banda sonora que va acorde con la recreación de esa Alemania que ya no existe. Algunos pensarán que hay una sobreexplotación de marcas hiper conocidas; personalmente no coincido con eso: no creo que coca-cola necesite publicidad.

Sin duda, Wolfgang Becker logra mantener un muy bien logrado discurso sobre ambos sistemas económicos sin caer en lo puramente esnob.



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