El sueño me vence...

El sueño me vence, es tarde. El calor es insoportable. La piel no dura tersa ni suave un segundo después de darse una ducha. En la línea donde el cabello demarca mi frente, un ejército perlado discurre en apretada falange hacia el despeñadero. Mientras tanto, el viento no corre, sopla o fluye por entre todas las cosas, ni siquiera por la ventana abierta de mi cuarto. El ventilador, abanico eléctrico, se esfuerza en crear inútilmente una corriente artificial, cual hermano falso del céfiro. Yo no sé qué es lo que hago, ¿esperar? Tal vez, pero el caso es que llevo una semana buscándolo y, mientras tanto, el sopor consume las horas y los días, como pollos sobre ardientes brasas.

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Es fatigante la espera, cuando el calor cuece y escuece las plantas de los pies. El picor en la piel agudiza mi desesperación, mientras la pregunta ociosa revolotea en mi mente hasta los límites de la locura, ¿dónde está J?

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Hace apenas semanas atrás recorríamos juntos las dionisiacas calles de la ciudad, o esperábamos que un buque pasara boyante entre la bocana, cuando sentados en los muertos de concreto, que se placen en romper las olas, hablábamos sobre esta o aquella cosa. Pero no me queda más que evocar, y preguntarme, ¿por qué he llegado a este punto ahora?

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Enfrentarme a la respuesta me resulta peligroso, y este autor se niega. No soporto perder agua entre los pliegues de mis axilas, donde un eximio bosque de briznas se sofoca bajo el apremiante calor. Y menos ahora, que el sueño me vence, y que he secado mi frente por cuarta vez.

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Preferiría la cálida humedad de su boca abierta, cuando la recorría sobre mis rebeldes cabellos que penden sobre mi nuca. Pero ya no sé qué preferir, o qué pensar, ni siquiera acepto la utilidad de este post, si es bueno esforzarme por escribir(le), aunque aún, ente éste momento me pregunto dónde anda, qué piensa.

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Inefable me resulta aventurar hipótesis, porque pende sobre mí la duda, bífida lengua de fuego que me prende el pecho, me hace sofocar y insiste en avivar la pregunta ociosa ¿dónde está J? hasta rayar en la locura.

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El sueño me vence, es tarde. Otra falange perlada se despeña sobre mi frente. También me vence la espera, la ausencia, porque es lo que tengo de él ahora, una ausencia que ha durado varios días. ¿Cómo suelen resolverse estos dilemas? Por desgracia no soy un experto, ni avezado en estos temas. Y si apareciera pronto, sentiría otro calor, uno diferente, soportable, el calor de su presencia, el que llevo buscando en mis largas camitas por la playa, escribiéndole mensajes en su MSN, o marcándole a su teléfono, un teléfono que, qué duda cabe ahora, hace mutis y me mata cada vez que no contesta.


Comentarios

Яakro ha dicho que…
La ansiedad con calor es una terrible combinación...

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