Algo acerca de los blogs

Un post-it pegado en mi computadora portátil me distrajo. Lo arranqué y lo he tirado al bote de basura, pero cayó al suelo. No pienso levantarlo. No mientras escriba, pero no sé qué podría escribir. Una mierda, seguro. Éste blog no llegará a ninguna parte, y no hay quien lo lea. Perdidos internautas desembarcan en éste puerto URL y, sin soltar anclas, con la misma se van. Estoy casi seguro que algo los ahuyenta. Sin duda el exceso de palabras, las escases de imágenes, los extensos párrafos y los feos títulos de las entradas. Empresa sin dirección, llevo mi blog por distintos temas, sin etiquetarlos. Incluso este post es más bien innecesario, ni siquiera es despedida. Ahora esto se deja leer, pero otro día, en otro tiempo, entusiasta publicaré algunos párrafos sobre una película, un libro, una canción, alguna banda, qué se yo, qué he perdido el feeling y ahora me viste una impostura mental. Pienso que, creo que, supongo que, oraciones inacabadas que conforman un rosario de lamentaciones. Siempre pasa, más a menudo cuando estoy laborando. Y ahora que lo estoy, padezco el síndrome. Una idiotez, seguro, pero lo padezco. Es el alejarse de escribir, el olvidar la pluma, o desperdiciar papel. No preferiría no hacerlo, qué Bartleby me valga. Es el ruido imperfecto, del televisor que mira mi madre, del que entra por la ventana, aquella motocicleta que abusa del claxon, o más bien mi ruido, el que siempre me acompaña. El ruido de la calle, o el que siempre me inyecto intra-auditiva con mi pequeño reproductor. ¿Para cuándo Gustavo, te has preguntado? No lo sé y no jodas. Más bien, sí jode, porque necesito que alguien me fuerce, me obligue, a pesar de hacer la digestión (como ahora). Pero no tengo plazos: cien por ciento libre, dejo pasar el tiempo y no escribo lo que desearía. Mi carrera –me río por dentro cada vez que la frase me suena en la cabeza- no despega. No abjuro de mi otra carrera, la que declara mi título universitario. Ingresé a ella en un momento de mi vida. Pero ahora ya no la necesito. No me llena. Y el poco tiempo que me deja no me sirve. Me dicen que tengo el feeling, un jazz interno, y no lo dicen de gratis. Pero yo no sé. Lo que veo es un muro frente a mí inquebrantable. Monolito impenetrable, ¿qué misterios me deparas del otro lado?

Pasé una velada con un grupo de literatos, hace algunos días, una de ella investigadora. Después de una presentación de libros, dos presentadores y otro más nos reunimos en un bar de Xalapa –pedí una copa de Absolut azul-. Como la mayoría de las veces, me mantuve callado. Ora grupos de dos, ora de tres, o de cuatro y de dos, el grupo se dividía y subdividía como las células, según el tema de la charla. Participé poco. Me sentí extraño. Al principio. Ellos hablaban de sus temas, de sus maestros, de los temas que suelen tener en común los que estudiaron letras. Y yo, el ingeniero, ahí metido, fuera de lugar. En un momento la investigadora se dirigió a mí. Muy simpática y poco hermética, me preguntó mi nombre, y si estudiaba. Le respondí que era ingeniero civil, y contestó “ah, vaya, alguien que se dedica a cosas concretas”, y risas amistosas. Me dedico a cosas concretas porque no tengo de otra. Yo sé nada de filología, ni de semiótica, ni de crítica literaria, ni mucho menos de la tradición literaria mexicana, pero viera, maestra, cómo me la paso divagando, y pensando estupideces que me inspiran textos malos. ¿Qué hubiera contestado, que soy escritor? Ese antifaz no me queda. Escritor el que publica. El que ha publicado algo en cosas concretas: en una revista, en un libro. Yo tengo un blog, éste blog. El blog es gratis. Yo mismo –el autor abajo firmante- lo administro. Yo edito los textos que yo mismo publico, o “posteo”, o “subo”. Sin intermediarios, sin burócratas, sin comerciantes, el blog se ha convertido en el escaparate de los desesperados. Es tan virtual que sus éxitos son así, virtuales, fugaces, momentáneos. Por supuesto, no hay letra impresa, y letra no impresa es letra casi como letra inexistente, y de paso inocua. Letra que nadie lee.

El recuerdo de un post-it pegado en mi computadora portátil que me distrajo me distrajo de la oración con la que empezaría éste nuevo párrafo. Que ahí están Blogger, WordPress, Facebook, Twitter y demás servidores, agencias gratuitas de la auto promoción para los que se lamentan. Son tentaciones, frutos reales del mundo virtual. Apenas uno los come y te destierran del Paraíso. El Paraíso es la eternidad, aquel devenir donde muerto aún te recuerdan. Hay muchas calles, carreteas, edificios, aeropuertos. ¿Quién se lleva los créditos? El gobernante que puso dinero del pueblo para hacerlos: no el ingeniero, no el arquitecto, ni siquiera el albañil. Es un asunto de vanidad, más bien. Si hay una obra con la que desearía ser recordado, que sea de palabras: de letra impresa.

maquina antigua En la foto, antigua máquina de escribir de Diego Rivera –según administradores de casa-museo.

Comentarios

Rakro ha dicho que…
Al leer, me sentí... identificado...
¿Qué nos hizo ignorar nuestra verdadera vocación?...

En mi caso, creo que no quisiera saberlo... porque intuyo que es algo tan estúpido que sólo me frustraría más...

Quisiera decir que algo podremos hacer... Pero hoy no amanecí para nada optimista...

Sólo me resta mandarte un abrazo

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