Opus Dei

La mujer dormía en camisón rosa. Era soltera, joven y rentaba un modesto departamento en el centro de la ciudad. Trabajaba de contadora y acudía a misa todos los domingos.

Hasta que un ruido sobrenatural le asustó el sueño.

-¡Ay dios mío! ¡¿Quién eres?!

Un extraño se le había aparecido, apenas visible.

-Soy un ángel.

-¿¡De dónde?!

-Del cielo, ¡babosa! Abre las piernas que te voy a coger.

El extraño agitó sus alas blancas. Estaba desnudo. Ella gritaba en la cama, presa del terror con sus senos erectos y los muslos sudados.

-¡Ay! ¡Auxilio! ¡Carmita me violan!

-¡Cállate pendeja! Que tengo que hacer esto rápido.

Alcanzó la lámpara del buró de su derecha, la alzó y la tiró al extraño. El objeto lanzado atravesó al ángel.

-Si serás estúpida. Ándale, ¡entregad las nalgas!

-¿Por qué? ¿Quién eres?

-Entregad las nalgas –cantó en barítono-, he dicho, ¡que el Jefe espera!

-¡Auxilio Carmita!

Pero nadie atendía el llanto de la mujer. El ángel le tomó ambos pies y le dio ahí. Ella apenas se pudo defender y después, apunto del desmayo, se entregó.

-Que pedo güey… ¡Ay sí! ¡Papito! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay qué cogida! ¡Ya decía que Carlos es puñal!

-¡Cállate! –y le dio una bofetada.

-¡Qué verga tienes! ¡Ay más! ¡Ay me vengo! ¡Ay me voy!

¡Luz! A velocidad extrema: el tiempo se contrae y el espacio se curva. ¡Opus Dei! ¡Dos! ¡Tres! Y entregó la semilla.

Ella se quedó recostada en la cama. El camisón terminó rasgado y revuelto en las sábanas. El ángel se tiró al suelo, ordenó un habano y se le apareció en los dedos. Ordenó un encendedor y se le concedió. Se puso a fumar.

-Se me antoja una cerveza. Hace un calor de la chingada. ¿Tienes?

-No… -dijo la mujer, distraída.

-Qué carajos, el Jefe ya no me concede tanto. Ni por esta obra –dijo, con tristeza.

Ella se levantó, se metió al baño y se puso a mear. Cuando regresaba al cuarto, dijo:

-Ay cabrón que cogida me diste, ¡estoy acalambrada!

Iba ella caminando desnuda con piernas trémulas y se tumbó al suelo junto al ángel. Las alas le rozaban su esbelta espalda y sintió placer.

-Por algo vengo del Paraíso. Consigue una cerveza que no me quedo mucho tiempo.

Pero ella no se despegó de las alas.

-Oye, ay no, no me digas que eres el anticristo, ¿verdad?

El ángel rió.

-¡Ja! ¿Yo ese homosexual travestido? No digas estupideces mujer…

-Pero… -apenas pudo preguntar, medio ida medio dormida.

-A ese cabrón lo echaron por puto.

-Pero…

-¡Vaya bazofia que dan en misa! Abraham debía entregar al Jefe la vida de su hijo Isaac. ¡Pero ese chupa pitos! Bajó del cielo y detuvo la mano de Abraham cuando éste ya le iba quebrando el cuello al otro. ¡Contradijo la obra de dios! Por eso lo echaron del Paraíso convertido en eunuco. Y lo mezclaron con el carnero que ofreció Abraham.

-Aaaaa… bostezó la mujer, acurrucada.

-Ándale preciosa que quiero una cerveza.

Ella se removió y el ángel también, hasta qué…

-¡No mames güey! ¡Tienes pechos! –y se le dio la risa.

-¡Pues claro pendeja que soy un ángel!

Se levantaron del suelo. El ángel se sentó en el borde del colchón, mientras que la mujer tomó su bolso del tocador y encendió la luz del cuarto.

-Espera ¡coño!, no eres más que otro macho…

Tomó el celular y mandó un mensaje de texto. Miró al sujeto. Ojos azules, típico, tez blanca, cabello medio largo, dorado y rizado, plumaje blanco, brillante, pechos firmes con pezones discretos e inmenso pene colgando con sus enormes testículos y bello púbico dorado en medio de musculosas piernas lampiñas: estoy soñando, pensó ella.

-¿Qué me ves tarada?

-Ay estoy avisándole al hijo de Carmita que venga. A esta hora ya debe estar listo para la escuela.

Eran las seis y cuarto de la madrugada. Tocaron a la puerta, vistió algo y abrió la puerta.

-Ándale a la esquina por un six-pack. En la tienda de veinticuatro horas. Te quedas con el cambio. Y no le digas a tu mamá.

Al poco rato el adolescente regresó. Bebieron.

-Qué desmadre, bueno, me tengo que ir. Por primera vez en dos mil años una no se me pone rejega.

-Oye, no soy tan estúpida. ¿Por qué yo? ¿Por qué viniste? ¿Estoy soñando?

-Ya vas a empezar. Ahí de nuevo… qué de huevos está la cerveza. Bueno, hace dos mil años bajó un enviado y dejó un mensaje. Habló a un mundo de sordos y éstos lo mataron. Y ahora viene otro. Dos mil años después ya deben saber escuchar. He dicho, me largo, que el Jefe espera. Y cuida a ese niño que viene a chingarlos a todos.

Escupió al suelo y aventó el resto del habano apagado. Y subió.

La mujer se tumbó a la cama. Dos horas después despertó vestida con el camisón rosa, intacto al igual que la lámpara; y la luz apagada. Anduvo distraída un tiempo, de su casa a la oficina, al supermercado, con las amigas en la plaza, medio ida, a casa de su madre de vez en cuando y dejó de ir a misa. Hasta que un día se enteró con extrañeza que esperaba, cuando visitó al ginecólogo por insistencia de una amiga.

Comentarios

Pato ha dicho que…
Hey , es tuyo es relato ?

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