Martin Bauman: Un Efecto Inesperado

Tenía pensado escribir una larga y concienzuda crítica acerca de Martin Bauman de David Leavitt (Pittsburg, 1961). Pero en lugar de eso parece que me enfocaré en su efecto, porque fue tal uno de esos, inesperado, de esos, imprevisible, como metafísico o quizás como algo más que metafísico, si es que existe la filosofía que sustentase la burrada que estoy tratando de decir, más arrollador que un mortal tsunami, algo que sustrayéndome de esta miserable vida que llevo me regresó a mis primeros años de mi no tan lejana tierna infancia, cuando mi madre solía gritarme ¡métete a bañar! acompañada de cinturonzazos para agregarle un efecto amenazador a sus reclamos, como son todas la madres. Pero digo, de vuelta y para no perderlos, fue ese un efecto que me llevó no tanto a mis primeros años sino más bien a otro cielo, a otra atmósfera, que me situó a un elevado plano hiper metafísico, donde nunca he estado pero cuánto había añorado estar ahí de niño: Nueva York. Y dejen me explico.

De las muchas cosas curiosas que solía comprar mi padre en lo que yo nacía (un periodo de largos años), se puede encontrar, aparte de un proyector de cine, un pequeño librero ocupado por libros, claro está, dado que lo más importante de esa adquisición eran esos libros y no el pequeño y modesto librero en sí que terminó arrinconado debajo de un espejo donde solía peinarme para ir a la escuela. De esos libros hay unos cuatro en especial que forman parte de una colección de la cual desconozco hasta la fecha su cantidad de tomos. Editados por TIME-LIFE, se tratan de coffee-table books, de pasta dura y todos con el título principal THE GREAT CITIES, y cada uno de los cuatro dedicado a cada una de las siguientes grandiosas ciudades, cuyos títulos son: Paris, San Francisco, London, y -por su puesto- New York. Todos de 1977. Dado que soy hijo único y fui criado como tal (o sea, que mi familia siempre ha sido familia de tres), habrán de imaginarse que mis periodos de soledad eran y siguen siendo largos. Por lo regular papá no estaba en casa. Solía trabajar de obrero en una ingenio azucarero y mi madre, sino viendo la televisión entonces platicando sesudamente con sus amigas sobre lo más noticioso del momento (un largo eufemismo para no decir que chismeaba de lo lindo). Así que, haciendo mi tarea, me refugiaba en mi recámara y cuando a ésta ya le había dado fin, me dirigía al librero que les digo y tomaba siempre el mismo libro, sí, el de New York. Y lo primero que una ve al darle vuelta a la pasta es una foto aérea de los rascacielos de Manhattan, tomada en una apacible tarde veraniega. Tan sólo abrir el libro y ver sus fotos representaba para mí, por mucho tiempo, el salir de la cotidianeidad, del aburrimiento y del hoyo en que vivía, porque nací y crecí en una muy pequeña localidad de solamente cuatrocientas casas, cerca de la frontera entre México y Belice. Y en mi comunidad ningún inmueble es, todavía, más alto a tres pisos. Vivía yo en las antípodas de la capital de mundo. Solía ser un niño mexicano que añoraba estar en una enorme ciudad plantada de altos y imponentes edificios, de visitar ese hermoso paisaje (al menos así luce en las fotos que he visto) que parece Central Park, comer una pizza en Little Italy y, por qué no, patinar un día navideño en el Rockefeller Center y sobre todo, subir a las torres más altas del mundo que, ¡ay!, ya no existen. De niño nunca fui a Manhattan. Sólo en mis anhelos. Y hasta el día de hoy no he cruzado la línea fronteriza que separa a México de los Estados Unidos de América. Ahora entiendo porqué Independence Day, esa película olvidable de Roland Emmerich, me gustaba tanto: unos marcianos destruían eso que tanto amaba y me gustaba que lo hicieran porque sabía muy en el fondo que nunca iba a poner un pie ahí. Tal vez a partir de ese momento, y con la entrada de la pubertad, el anhelo por estar y vivir en una mega urbe como Nueva York se fue decantando con el girar de la Tierra. Ninguno de los cuatro libros me gustaba tanto ver como el de la gran manzana. Ni París, ni San Francisco ni Londres. Pasó el tiempo, maduré (o ese creo) y me mudé de ese pequeño pueblo perdido entre la selva maya para ir a dar más hacia el norte del país. O siendo más específico, al centro del país. Lo cual queda, todavía, muy lejos de mi idealizada ciudad pero sí más cerca que antes. Todo se da paulatinamente. Claro está que he visto innumerables películas que se desarrollan en Manhattan, unas buenas y otras muy malas. Pero ninguna de esas películas me causó ese efecto nostálgico e inesperado como las páginas de Martin Bauman. Tal como lo hace toda buena literatura.

No sé si Retrato del artista adolescente de James Joyce sea el germen de una literatura acerca de niños y niñas que desean ser artistas (en el sentido original del término: alguien que crea arte); desconozco quién antes de Joyce trata el tema, pero Leavitt lo retrata muy bien en un adolescente gay, judío y nacido en Seattle, en la costa oeste de los Estados Unidos, (en las antípodas de Nueva York). Y justamente la novela abre con una referencia a la obra de Joyce. Honor a quien honor merece. Confieso que no he leído a Joyce, sólo puedo imaginarme de qué trata a través de Sputnik, mi amor de Murakami y el ya mencionado Martin Bauman: el ser humano que se sabe nacido sólo para una cosa y que se dirige en caminos que lo llevan a ese lugar, y que se sabe también consciente de ello. Sí, del artista, en el sentido más puro del término. Y Martin es un chavo que escribe porque le gusta y que no desea hacer otra cosa y, además, al igual que yo, añoraba de niño vivir en esa isla amada. Lo cual logra al estudiar la universidad (después de todo Martin no es Emma Bovary, esa que también desea vivir en otra parte pero que nunca logra hacerlo). Pero yo sí he sido una especie de Emma Bovary que, después de leer el estremecedor relato de Martin, se han revivido dentro de mí los deseos más aletargados de estar allá, en ese elevado plano hiper metafísico. Y es que, al estar leyendo que el tal Martin publica un cuento en una prestigiosa revista literaria y además que encuentra novio y que con él recorre Broadway, Central Park, Second Avenue, parte de Upper East Side y otra parte de Long Island y que yo, sí, el que escribe, no ha logrado a sus veinticuatro años publicar nada en ningún lado (el blog no cuenta), no he encontrado novio aún, ni mucho menos he estado en Nueva York, no hago más que seguir añorando poder hacer esas tres cosas pronto: publicar, enamorarme y viajar a ya-saben-donde. Espero haberme podido explicar.

Pero, en pro de la precisión, Martin Bauman no representa solamente lo que acabo de relatar. Más bien he apuntado aquí los elementos novelísticos que encontré como puntos en común con el melodrama que llevo a cuestas todos los días, o sea, una novela de contrapuntos, porque me situación está en oposición a los logros de Martin. Claro, trabajo todos lo días que las musas me visitan para algún día poder publicar un relato, para algún día tener la madurez necesaria que me conduzca a realizar una buena novela digan de darse a la imprenta, tal como dicta el “primer principio de Flint”, pongo manos a la obra.

Dije al principio de este post que tenía pensado escribir una crítica y no lo hice. No tengo la habilidad para redactar críticas literarias (hay que estudiar para ello), pero espero que a algunos les sirva este humilde comentario para encender en ustedes la chispa de la curiosidad.

Los datos del libro comentado provienen de:
Título: Martin Bauman
Autor: David Leavitt
Título original: Martin Bauman
Editorial: Anagrama
Año de edición: 2000

¡Extra! David Leavitt ya había tratado el tema del artista en ciernes en su novela “The Page Turner”, titulado en español “Junto al pianista” y publicado también en Anagrama. Se hizo una versión cinematográfica con el título “Food of love” bajo la dirección de Ventura Pons.


Mientras redactaba este post leía “A sangre fría” de Truman Capote, escuchaba a Liszt, Mozart, Wilco y Brahams, y vi en el cine “Bella”, del director Alejandro Gómez Monteverde.


En la imagen, edición en inglés del libro de Mariner Books

Comentarios

Rakro ha dicho que…
Nueva York nunca ha llamado tan poderosamente mi atención... pero suena interesante el libro que recomiendas...

Y bueno, lo único que suele detener a las personas para realizar sus sueños, es uno mismo...

Gusto volverte a leer...
Pato ha dicho que…
Hacía tiempo que no venía , como siempre encuentro algo bello !

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