jueves 26 de enero de 2012

2011, un año que se fue leyendo

Lo infame

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9 Ciudad de cristal Paul Auster

Lo fallido, superficial

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8 La costa de los mosquitos Paul Theroux

Lo pretensioso

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7 La fiesta del Chivo Mario Vargas Llosa
6 Cacheo Dennis Cooper
6 Nocturno hindú Antonio Tabucchi

Lo divertido, inteligente, estimulante

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5 Sarah J.T. LeRoy
5 La última oportunidad Richard Ford
4 Esperando a los bárbaros J. M. Coetzee
4 El libro de arena Jorge Luis Borges
4 La Violeta del Prater Christopher Isherwood
4 Bola de sebo y otros cuentos Guy de Maupassant
4 El eternauta Héctor G. Oesterheld, Francisco Solano López
4 Ampliación del campo de batalla Michel Houellebecq
4
4
El hombre ilustrado
Un año pésimo
Ray Bradbury
John Fante
4 El glamour Christopher Priest
4 Los demasiados libros Gabriel Zaid
4 El lugar sin límites José Donoso
4 Contraluz Thomas Pynchon
4 Cuestión de valores Morris Berman
4 Todo un hombre Tom Wolfe
3 Job Joseph Roth
3 La tía Julia y el escribidor Mario Vargas Llosa
3 El lamento de Portnoy Philip Roth
3 Los papeles de Aspern Henry James
3 Cantar de ciegos Carlos Fuentes
3 Cosmonauta Daniel Espartaco Sánchez
3 Benito Cereno Herman Melville
3 Manhattan Transfer John Dos Passos
3 La maravillosa vida breve de Óscar Wao Junot Díaz
3 El señor de las moscas William Golding
3 La llama doble Octavio Paz
3 Las palabras perdidas Jesús Díaz
3 Corre, Conejo John Updike

Lo no sé dónde estoy, qué día es, ni cómo me llamo

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2 Respiración artificial Ricardo Piglia

Lo clásico, sublime, innovador

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2 Narraciones extraordinarias Edgar Allan Poe
2 Bullet Park John Cheever
2 ¡Absalón, Absalón! William Faulkner
1 Meridiano de sangre Cormac McCarthy
1 El satiricón Petronius
1 La estepa y otros relatos Anton Chéjov

Libro del año

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1 Herzog Saul Bellow

Como cada año, el autor, editor, administrador, regente, gerente y crítico de este su blog nos estrega la lista de los mejores y peores libros que leyó en el año anterior. La Puta Historia, en un fehaciente compromiso con sus lectores, y tras insidiosas llamadas telefónicas, mails, toques en la puerta de su casa, mensajes en FB y TT, mensajes directos a su celular, aceptó una brevísima entrevista en ocasión de su post. Sólo se incluyen sus respuestas:

-¿Cómo se lee a un autor difícil? Atendiendo a la máxima china del caminante (¿sabes si es realmente china?, en fin): frase tras frase. Sólo así podrás adentrarte a su complicada red de largos enunciados, palabras, referencias bíblicas, geografías fantásticas, digresiones, monólogos internos, etc. Faulkner no está tan difícil, si ya has leído a varios latinoamericanos […]. Bueno, bajo toda esa tupida prosa se esconde una morbosa anécdota familiar, inolvidable porque el profeta del Sur te obliga a pensar la lectura.

-Esa novela es como una precuela a “El arco iris de gravedad”; podría decir que se complementan: son casi similares, pero este vez Pynchon nos cuenta la historia de una familia (tres hermanos y una hermana, y su madre, y la de su padre asesinado), los Traverse, en pleno apogeo de Siglo de los Descubrimientos, el positivismo científico y todo lo anterior a la Primera Guerra Mundial. Sí, sí, hay juegos literarios, tan propios de Pynchon. Como cuando los personajes centrales leen las historietas de la Saga de Los Chicos de Azar. Claro que primero crees que Los Chicos del Azar están en el mismo plano narrativo que la familia Traverse, pero estos emprende un viaje en globo hacia el centro de la Tierra. Sí, sí, como Jules Verne, pero muchas páginas después descubres que son personajes literarios, aunque al final todos confluyen. Muy Quijotesco, pero juegos mejor logrados los tiene en Mason y Dixon, a mi parecer.

-Bueno esa de Junot Díaz la puedo resumir en una frase sacada de la propia novela: “no somos mas que 10 millones de trujillos”, y habla del ineluctable efecto y peso de la Historia sobre un individuo. En este caso, un improbable niño nerd, obeso y negro dominicano de Nueva York, ligado a Rafael Leónidas Trujillo, el líder de ese régimen militar apoyado por los Estados Unidos. Usando terminología de la literatura fantástica (“es como quitarle el anillo a Sauron”, me acuerdo ahora), y de los cómics, es que Díaz logró lo que la novela de Vargas Llosa no pudo con sus métodos narrativos un poco anticuados ya. Por eso su fiesta del Chivo no llegó a buenos lugares. Díaz le ganó.

-No, no, no. Ese es otro Díaz, ya muerto. Era cubano exiliado. Es anterior y mejor a Bolaño. En mi opinión, Las palabras perdidas es una revisión crítica de la mayoría de los escritores latinoamericanos, y también toca el tema del efecto que tienen las dictaduras sobre la libre expresión que por derecho deben tener los ciudadanos. Es muy irónica, y cruel al final. Yo insisto en que Díaz fue mejor que Bolaño. ¿Que qué? Bueno, tú preguntaste.

-Auster no me merece ningún comentario. Es tan parco.

-McCarthy, a pesar de ser el más críptico de esa lista, al final resulta ser el más diáfano, en cierto sentido. No es difícil de leer, pero son las acciones de los personajes en las que hay que poner atención. Y en los simbolismos. Ese demonio blanco que es el implacable juez Holden alude rápidamente a la ballena de Moby Dick. Pero el juez Holden puede ser cualquier forajido como los hubo en esos primeros años del Siglo XX, ladrones y traidores, que se brincaban la frontera como cualquier cosa. Sí, el Meridiano… es un libro pesimista.

-Cheever, los dos Roth, Updike, Coetzee, el joven Espartaco Sánchez, todo ellos, en gran o menor medida, herederos de Chéjov. Sí, hay que leer primero al ruso. Cheever es incluso más lírico; el Roth se centra más en el drama de la clase media americana judía, y Updike en su parte cristiana y protestante. Y Fante en su parte católica e italiana. No, Dos Passos es únicamente descriptivo. Describe escenarios, objetos y personajes sin opinar sobre ellos; hasta podría decir que su Manhattan no tiene un argumento, o historia central, pero lo tiene.

-¡Ja, ja, ja! Algún día me voy a arrepentir de todo esto…

-…

-No me hagas caso -proseguimos-. Sí, tengo una deuda con las novelas gráficas. El Eternauta es un buen ejemplo de una historia en sci-fi, pero escrito con un trasfondo actual. No puedo leer esa historia y no pensar en la dictadura militar argentina. Bueno en Argentina, antes que en México, ya se leía a Bradbury y otros clásicos del género. Sí, dos libros esta vez, encontrados en librerías de viejo. “El hombre ilustrado” se divide en fábulas magistrales, pero no, Priest es un tanto más pretensioso, o más que nada, para fans.

-Mira, Bellow fue el más grande intelectual de la narrativa gringa, tanto que podía ironizar sobre ese ser “inteligente”, y Moses Herzog es su alter ego. Mejor terminemos con una frase de Pritchett: Herzog es un intelectual anclado a un lugar y tiempo equivocados, y por lo tanto se ve obligado a actuar como un payaso. Esto último podría hacer pensar que se trata de una novela divertida, pero todo lo contrario: payaso en el sentido de hacer el ridículo. Bellow nos empuja con él hasta el límite de la condición humana, si es que hay tal.

-¿Que qué? Pues… puede ser. A mí Tabuchi me pareció, como Auster, un vacío juego de referencias metaliterarias, como dirían las académicas. Adiós.

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martes 17 de enero de 2012

Tal vez

No he visto a ningún joven escritor reconocido, ya con varios libros publicados, que se queje tanto por lo que le pasa o deja de pasar. No he visto a ningún joven creador que transmite ni con la vehemencia, recurrencia y necesidad, en redes sociales o en su blog personal, sobre las grandes tragedias que lo alejan de su diario, bloc de notas, novela, cuento, o cualquier proyecto literario. Los jóvenes narradores que admiro, se cuidan de no dar estas bochornosas muestras de sí mismos. En cambio, trabajan en sus ficciones y parece que en ellas han encontrado el mejor vehículo para expresarse, si es que han transformado un vejamen o tribulación personal en materia literaria. En cambio, yo no.

En más de un post he dado cuenta de mis fracasos, errores, equivocaciones, tropiezos y torpezas. ¿Busco algún efímero consuelo? Soy ya un adulto joven de casi veintiocho años, graduado y titulado de una universidad estatal pública, con algo de experiencia, que en el ejercicio de ella ha dejado “sus principios” en el cajón y que, además, desde los dieciséis ha usado, con un apasionado impulso juvenil, a la escritura como vía para trabajar sus ideas, historias, sorpresas, lamentos y demás. Más de diez años en los que busqué amigos afines, lectores, conocedores, expertos. Y en la mayoría de ese tiempo logré poco en mi producción (en calidad) y mucho en lectura, aunque sigo sin el ser el gran experto en un tema, género y autor, ni mucho menos experto en los temas literarios. Que cargue con un pasado estéril de cultura libresca (y Ernesto Reséndiz Oikión agregaría, “pero fértil en aventuras”), no podré cambiarlo y me pesa.

¿A qué viene todo esto, y no sigo el ejemplo de los jóvenes escritores que admiro, y en cambio repito la quejica de siempre? Debe ser el exceso de trabajo. “El libro de Daniel” es una novela de Doctorow, de cuatrocientas páginas, que ya debí haber terminado. La comencé el dos del presente, y hoy está a la mitad. La he dejado por compromisos, y por estupideces. Me había prometido tanto, y entre eso, no dejar de leer. Me había prometido escribir todos los días, pero desde el 25 de noviembre del mes pasado, no doy con las palabras.

P******* es mi proyecto literario y no lo he terminado. Lo comencé casi sin querer a finales del 2010. Le di un gran impulso hace algunos meses y me prometí terminarlo antes de año nuevo. Pero el barco está varado.

Este post debería ser una lista anual de “lo mejor de”, listas que le encantan a IP. He podido hacer la lista musical, pero he procrastinado la literaria y cinéfila.

Admiro a Fernanda, al propio Espartaco Sánchez. Admiro a los jóvenes creadores como Ortuño, que con familia, horarios de oficina y compromisos sociales, han demostrado oficio y talento. Envidio a Adán Echeverría, que con todo y actividad científica y académica, ha pergeñado poemarios y ya dos novelas. Envidio a los que han podido acomodar su vidas para estar cerca del medio, a los que, aunque malos, conversan con otros similares. Yo aún me las tengo que ver con gente que no me interesa conocer. Que no me aporta nada, y que me recuerda lo pésimo ingeniero que soy; empresario lucrador; y que, cosa importante: ¡Ya debí abandonar la carrera!

Visitas de campo, saludos de mano, relaciones públicas. ¿Pero no es necesario conocer gente? Dicen que es parte de la fórmula del éxito literario. ¿Pero no es necesario conocer lugares, viajar? También dicen los que saben que es parte de la fórmula del éxito, eso y vivir, y leer, y ponerse a trabajar. Para este texto no me he preocupado por rizarle el rizo al lenguaje. He usado muletillas y mi vocabulario más normal, aunque mis cuentos no se caractericen por los cultismos. Tal vez he aburrido a más de uno. Esto tiene nada de divertido. Soy un fracasado escritor en ciernes, de esos que abultan las listas de postulantes a literatos: como los rechazados por el casting, los tachados en la tabla del reclutador, los reprobados en el examen de admisión, los expulsados del club social; soy, de esa lista a quienes les dicen No y no hay forma. O, por lo menos, les dicen, “no por ahora; regrese más tarde y tal vez”. Por lo menos eso, un tal vez; una pequeña, ínfima posibilidad.

He decido desvelarme aunque sea hoy; no leer y hacer lo imposible en una horas, ya de día, para terminar el trabajo rezagado y pendiente. He decidido usar otra vez el blog para postear el mismo tipo de texto, para disciplinarme, escribir cualquier cosa, una minucia, porque dicen que nunca es tarde, porque, a pesar de ser yo un tipo “fértil en aventuras”, de nada sirven sin disciplina y arrogancia, y ego, y grandes huevos, y necedad, y picar, picar con los dedos agarrotados el maldito teclado y he decidido soltar este texto impresentable ¿para qué? para lo menos eso, un tal vez; una pequeña, ínfima posibilidad.

john_updike2 John Updike tuvo sus problemas, pero no los del autor de este blog.

lunes 9 de enero de 2012

2011, un año que se fue con música

El 2011 fue un año gris para el pop en general, si se advierten quienes liderean las listas oficiales de Rolling Stone y NME de los cincuenta mil mejores álbumes de cada año. Voces femeninas de one hit wonder, grupitos ‘indie’ que se plagian entre sí, happy R&B, o banditas de adolescentes ahora “maduros”. Según Tryno Maldonado, la marea de rankings y charts provocan en uno a) pasmo frente a la avalancha de producciones y nuevas bandas; y b) suspicacia ante lo efímero de las mismas. Por ello acá una breve y depurada lista de lo mejor que este su bloguero escuchó en el 2011. Aunque, tal vez, la mitad de estos no sean recordados ni en diez años (clic en la portada para ver un video).

The Decemberists THE KING IS DEAD

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Foo Fighters WASTING LIGHT

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The Strokes ANGLES

 Angles

Radiohead THE KING OF LIMBS

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TV On The Radio NINE TYPES OF LIGHT

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Wilco THE WHOLE LOVE

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*Mención especial (placer culpable): Zoé MTV Unplugged MÚSICA DE FONDO

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lunes 26 de diciembre de 2011

Peores poemas hallados en una revista

Ya que está de moda enlistar a los 100 peores poemas de autores mexicanos vivos, acá una muestra de la gran poesía regional veracruzana.

Son tres poemas, y medio, hallado en una revista porteña que, en el número 103 (febrero, 1998) se llama "la Ventana ilustrada", y en el número 104 (marzo, 1998) se llama "la Ventana cerrada." Sí, el artículo determinado, en minúsculas. El primero está firmado por  Zarathustra Vásquez, y el segundo y la mitad de otro por la excelsa poetiza  Mary Carmen Gerardo, y el tercero por Juan Joaquín Péreztejada. La revista se cuidó bien de no tener un editor responsable, como la mayoría de las revistas, literarias o no, tienen. Pero en su lugar ofrece en su página legal una lista interminable de "editores y colaboradores", a quienes les tocaría (¡qué listos ellos!) una mínima parte de responsabilidad por lo publicado en la revista ilustradamente cerrada.

Di con ella cierta vez que fui en compañía de IP a una microferia del libro en el Puerto de Veracruz organizada por el Instituo Politécnico Nacional. Él me había prevenido de no, por favor, es que no, te digo, pues que no, no, no, no y no, que, pues, ¡no!, no nos acerquemos al puesto donde los escritores veracruzanos, quienes de su propio ronco pecho, vendía sus libros, casi la mayoría publicados por ellos mismos (con el aval del pobre IVEC). La curiosidad es la Muerte de todos los gatos, dicen, incluido el mío. Así pues, me acerqué a donde no debía. Una amable señorita (escritora ella, casi seguro) me ofreció la última novedad literaria de Gabriel Fuster. Le di las gracias, pero no gracias, y pensé "estoy salvado", pero la muy amable señorita me encasquetó muy amablemente dos números de "la Ventana X*."

La Ventana Ilustrada-cerrada (Peores Poemas)                                                                                            

*Cambie X por el adjetivo que quiera.

jueves 22 de diciembre de 2011

El mejor texto posible

Definitivamente hay algo de John Dos Passos en mi texto “Nueva York y el sureste”, renombrado como “Abraham” para el proyecto P*******, aunque lo haya escrito sin que hubiera yo leído a Dos Passos. Lo leo apenas ahora, en una novela que es Manhattan pero más bien Nueva York.

Un ejemplo de lo que digo, en la página 367 de la edición de EDHASA (página dura y roja), Ellen (actriz, casi protagonista), después de divorciarse, advierte que está embarazada, y aunque ya había decidido que tendría al niño y que renunciaría a su carrera para criarlo, acude con un doctor a un consultorio clandestino. En apenas unas cuantas prolijas frases (adsorbidas por la traducción), el escritor nos regala la atmósfera del interior y el aspecto cuasi criminal del médico, a pesar de sus zalameras palabras. Como lector, esperé algo tremebundo. O mejor dicho, como lector de 2011, acostumbrado a tanto estridentismo y escenas gore.

Cuando apenas Ellen se desata la banda de su falda a petición del médico, al siguiente punto y aparte “El rumor de la calle rompe como la resaca contra una concha de palpitantes agonías.” Unas frases después, “Levanta la mano. Taxi.” ¿Abortó? ¿Pasó algo dentro de esa clínica, pero qué? ¿Huyó nuestra heroína arrepentida o, como siguiere la banda de su falda desatada, se dejó arrastrar por sus bajos instintos? No lo sabemos porque Ellen se ha ido en un taxi, y en el taxi se fue también la segunda sección de la novela.

De igual forma, muy humildemente, empleé en mi textito la técnica del ocultamiento, del narrar con apenas pocos indicios, guiños, detalles. Cuando Ulises, el protagonista reticente, se salta la barda de la casa de su vecino Abraham, en los días previos a ese huracán que no llega, ambos amigos se encierran en la oscuridad de un cuarto de herramientas. Unos cuantos párrafos antes, Ulises y su vecino se habían internado en la espesura de un matorral colindante con sus casas, y allí probaron las mieles del primer sexo. Que se hayan encerrado en un cuarto de herramientas (sin ventanas), con la amenaza de un poderoso meteoro cerniéndose sobre todo el mundo sugiere, o quise sugerir, en tanto creador del texto (aunque no sé sí lo logré), que ambos muchachos adolescentes aprovecharon, un tanto inconscientemente, perder en definitiva sus virginales existencias antes del metafórico fin del mundo; si tenemos en cuenta que la narración transcurre antes del mítico año 2000.

Una vez cerrada la puerta del cuarto de herramientas, con los muchachos dentro, el texto avanza hacia otra cosa. Al escribirlo, sólo tenía como referente lo que sé de Hemingway, lo cual es poco: su famosa técnica del iceberg. Pero aún no he leído a Hemingway, más que un excelente cuento pugilístico. Aunque no estoy seguro de que lo usado por Dos Passos en Manhattan Transfer, específicamente el pasaje que cité, el supuesto aborto de Ellen, y lo que yo hice con ambos muchachos en mi texto, pueda calificarse, con todo derecho, como técnica heminguiana.

Si no a Hemingway, sí he leído, ya considerablemente, a Cormac McCarthy, quien sí ha usado la técnica del 10% para narrar. Es McCarthy a veces tan críptico y “cerrado” que no le queda al lector otra cosa que disfrutar su rara prosa carente de signos de puntuación. Aunque mejor me convenga retro traerme hasta el siglo diecinueve, trasladarme a Normandía y evocar a Flaubert. Cuando Emma Bovary y su amante Léon se encierran en un carruaje y allí dentro, sin que veamos al interior, suponemos que ambos tránsfugas se han entregado al sexo prohibido. No hay nada burdo ni mucho menos pornográfico en lo que narra Flaubert, pero ¿qué podrían hacer dos ardientes amantes en esa oscuridad?

Según Mario Vargas Llosa, el francés se vio obligado a narrar oblicuamente para sortear la censura de la época, aunque no se libró, al final, de ser llevado ante los tribunales por publicar una novelita libertina.

De Flaubert a Dos Passos hay apenas unas cuantas decenas de años en la línea del tiempo real, y para entonces, Tolstoi ya había aportado lo suyo al realismo/naturalismo, y tal vez por ello, supongo sacrílegamente, el viajero Dos Passos ha depurado aún más sus descripciones en esta novela publicada en 1920. A veces enlista los adjetivos y es suficiente para que las cosas destellen en la mente de quien lee. Los cortes, cambios de escenarios, son rápidos, como una película de Robert Altman: estamos en un restaurante y dos frases más ya recorrimos la Cuarenta y tres y nosotros con ellos ya en un club diferente ordenando otros martinis, para abordar en la tercera línea un ferry, y entramos ya al camerino de una actriz de teatro, y de sus lágrimas y sin decir va al lamento de un homosexual de clóset. Sí, es un mural, un mural enorme realista en movimiento.

Pero regresando a mi texto autobiográfico, y habiendo señalado el uso de las descripciones en el escritor americano de origen portugués, hay un párrafo introductorio en el capítulo quinto de la primera sección de la novela, en donde Dos Passos narra cómo “la oscuridad pesa sobre la humeante ciudad de asfalto, funde los marcos de las ventanas, los anuncios”, mientras que yo, intuitivamente, quise sumergir de lleno a mi posible lector en ese raro fenómeno invernal de los trópicos: cómo los copos de nieve negra se posan sobre todas las cosas.

*

Todo esto me obliga a reconocer, y recomendar, de paso, a posibles nuevos narradores que hayan encallado en este puerto, a que lean a los clásicos*, ya que, en este tiempo que corre, prácticamente todas las posibilidades técnicas sobre cómo contar una historia (cualquiera que esta sea), ha sido ya utilizada por alguien más, y por fortuna mejor que uno: mientras más amplio sea el espectro lector de un escritor, más consciente será y estará de su arte.

También agrego que conocer y leer a ciertos autores te ayuda a evitar sus técnicas si las consideramos no necesarias, y en cambio otros autores pueden hablar o narrar por medio de nosotros para que el texto que trabajamos luzca mejor, sea pues, el mejor texto posible.

Al contrario del post “La unánime noche”, la noche en la que cuento cuando me topé de frente con Borges, esta vez he aceptado y robado la herencia de John Dos Passos, leído primero a través de Carlos Fuentes (quien lo tomó y robó primero), y no como me pasó con el argentino.

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*Pero, autor del blog, dinos qué, quiénes, cuáles son los clásicos…

sábado 10 de diciembre de 2011

lunes 14 de noviembre de 2011

Bifocal

Mi hermano menor nació con un par de ojos y por eso lo condenaron a la vida salvaje. La decisión de su suerte la tomaron nuestros padres apenas nacer. Fue bajo el tenaz halo de un quirófano cuando por primera vez –se creyó entonces- un Hesse habría de ver el mundo de otra manera. Los sostuvo el cirujano con ambas manos. Tan profesional él, como su equipo, que no hicieron la más leve muestra de sorpresa. De inmediato fue llevado a una incubadora, so pretexto de insuficiencia respiratoria. Un día después, al recibir mi madre la visita de un psicólogo -aún tendida en su cama de hospital-, fui yo quien le dio la noticia. Lo tomó con rechazo, primero. Después le sobrevino el asco, luego el terror y le siguió la furia. De la furia al odio, como dos ráfagas de fuego que la quemaban por dentro, para dar paso a un humo de compasión que dejó escapar en un hondo suspiro. Tiempo después, ya cuando mi hermano podía sostenerse con ambos pies y recorrer todo el jardín, le pregunté al psicólogo, que desde entonces se unió a la lista de profesionales que tratarían a mi hermano durante su crecimiento, si había preparado a mi madre.

-Hombre, ¡desde luego!

Le pedí una explicación. Largó una sucinta retahíla de frases, pero en conclusión: consideraba el profesional de la psique una pérdida de tiempo manipular al paciente; mejor dejarla que recibiera la cruda verdad. Le dijo: tu hijo es un fenómeno.

-Pero eso es muy ambivalente.

-Polivalente, mejor dicho.

-Bien. Eso… ¡Ah!

No es que fenómeno quería decir algo negativo, aunque lo parezca. En el fondo, ella esperaba un genio. Sí, me dije, mi hermano es un fenómeno con dos ojos. Mira en ciento ochenta grados. Su aspecto del mundo es de uno panorámico. He querido hacerme a la idea de cómo ver más mundo de lo que yo, tú y todos nosotros vemos, pero fracaso. Confieso que durante nuestra infancia nunca pude ver más allá del cuadrado de nuestra particular visión. Dejé que mis padres votaran por él.

Nunca defendí a mi hermano. Me sentía culpable por tener a un fenómeno de aspecto detestable. Por más que me esforzara, nunca encontré una proporción estética en los dos globos con que nació horizontalmente, por debajo de una única ceja, apenas bordeando el límite del tabique de la nariz. Solía, durante los juegos con nuestros amigos, ponerle un parche en un ojo hecho de cartón color carne. Pero aún así, el ojo restante lo tenía de un lado, y no al frente, como es natural.

Somos una familia de granjeros. Poseemos algunas cabras y un poco de hectáreas en las colinas. Los recuerdos y las fotografías de nuestra vida familiar en el campo son vastísimos, pero seguramente parecidos a los que cualquiera pueda tener. Salvo mi hermano, que aparece dubitativo frente al diafragma de la fotográfica. Terrorífico querer sostenerle la mirada apenas un segundo, aunque sea la suya una mirada estampada en papel. Nos sonríe, pero vemos que él mira algo más.

Nuestros padres decidieron que lo mejor era esconderlo en la granja. No lo enviaron a la escuela, y pocos amigos lo conocían. A escondidas lograba presentarlo con mi grupo. Lo vestíamos de retazos de tela colorida y montábamos un circo portátil de freaks. Debo reconocer que la culpa me movía a pedirles a todos que actuaran como estúpidos y lisiados. En particular yo, sacaba la lengua y decía cosas incoherentes, y mientras babeaba para darle pertinaz dramatización a mi personaje, le pedía a mi hermano que nos viera, vestido como estaba, porque intuía que su particular modo de vernos era su único poder.

Los juegos de ridiculización al que sometí a mi hermano duraron desde su temprana infancia hasta la adolescencia. Nunca dejó escapar la más leve frase delatadora a nuestros padres sobre el anónimo circo, a pesar de que sí sabía hablar, leer y escribir. Junto con mi padre le enseñé lo esencial. No sobra decir que el psicólogo de mi hermano nunca descubrió alguna anormalidad mental derivado de los crueles juegos al que lo sometí.

Lo diré, aunque suene raro: a pesar de todo, la vida temprana de mi hermano fue normal, además de útil. Sin quererlo aceptar, mi padre utilizó el poder panorámico de mi hermano. Con ello podía contar más rápido las cabras esparcidas por el campo. Podía reconocer más fácilmente qué cosas faltaban en su cuarto de herramientas, cuando creía que algún empleado había robado algo. También era difícil hacerle alguna broma. Apenas uno se le acercara por detrás, o apenas oblicuamente, mi hermano ya sabía que eras tú. Mi profesor de física en la preparatoria me reveló esta verdad. Al tener más campo de visión, él registra más y se anticipa a los hechos; reconoce una silueta cuando apenas se le acerca por un costado, mientras que en nosotros sería necesario que aquello que se mueve –sea éste animal, automóvil o persona- tendría que estar casi al enfrente para verlo.

Pero a pesar de sus ventajas, la anormalidad de mi hermano saltó a la vista, según sospecha de mi madre, cuando recibió la opinión del oftalmólogo.

Un día fue necesario que visitáramos al médico, en plan familiar. Yo estaba por estudiar mi carrera, y mi hermano ya había entrado a la pubertad. Examinados ya, el oftalmólogo habló.

-Padece hipermetropía.

Mis padres suspiraron.

Después de un incómodo silencio noté en el médico cierta gravedad en el modo en que había movido la ceja. Le pregunté si lo padecía en ambos ojos.

-Es correcto. Hipermetropía en los dos.

Mi padre creía que un ojo era el natural, y que el otro le pertenecía a un gemelo que no se desarrolló en el vientre de mi madre. Eso lo creyó siempre, y para corroborarlo, tras su muerte, pidió al forense que durante la autopsia de mi hermano verificara si no había rastro de algún otro ser: otro hígado, otro par de pulmones, rastros encefálicos adicionales que le pertenecieran al ojo restante.

Mi padre le reveló su teoría al oftalmólogo, y él contestó:

-Según su expediente médico ambos ojos están unidos al mismo cerebro. Uno es gemelo del otro, y no de otro.

Mi madre recalcó que al final ser un fenómeno tendría sus costos. Y vaya que fueron elevados. Los anteojos de mi hermano llegaron vía pedido. Nunca nadie habría de imaginar un artefacto de ese tipo, hecho en especial para alguien. Nunca nadie habría de imaginar que un ojo de mi hermano acusaba la insuficiencia del otro, ni que él fuera en realidad doblemente un deforme. Me niego a pensar cuáles fueron los recuerdos que mi hermano guardó del anónimo circo de freaks. Nos exagerábamos y él en su visión panorámica deformada nos exageraba otra vez.

Mi hermano, ya con anteojos, fue condenado a servir en la granja. Tanto yo como mis padres lo alejamos de cualquier fuente de conocimiento. Lo que sabía sólo le servía para valer de granjero. Poder firmar su nombre y hacer cuentas fáciles. Procuramos que viviera alejado de los libros, y dejamos que fuera la televisión su único entretenimiento. Después le procuré otras cosas, siempre acorde a que magnificara su poder. Un microscopio y un telescopio. Salvo el primer día de asombro, se alejó de ellos como si fueran monstruos. En cambio se hizo fanático del alpinismo y similares deportes del campo abierto. Nadie como él podía arrear cualquier ganado. Ni detectarlo a la distancia. Nadie como él podía atisbar una tormenta en la lejanía, ni la llegada de los señores de negro, esos buitres fiscales. Debido a su entrenamiento campestre, creció más que cualquiera de la estirpe Hesse, y desarrolló una impresionable fuerza física. Parientes y amigos, de visita en la finca, solían verlo admirados, pero lo rechazaban apenas subían la mirada más allá de sus pectorales. Es que nadie, apenas yo o ni si quiera mi madre, podía sostenerle la mirada más de un segundo. Un ojo es suficiente ventana para el alma, dijo una vez un filósofo. Por ello, nunca me atreví a pensar sobre el alma de mi hermano. ¿Por qué fueron necesarios dos?

Mi hermano solía refugiarse en una caverna a poco distancia de la finca. Prácticamente era su hábitat. La tenía decorada con toda clase de artilugios que recogía de sus recorridos por las colinas. Desde que salí de la granja para estudiar mi carrera pocas veces regresaba. Mi contacto con mi hermano se redujo a una línea telefónica. Cada vez que regresaba a la granja mi hermano insistía en que conociera su ‘casa’. Una vez accedí. Cuatro kilómetros a pie, atravesando algunos arroyos, todavía dentro del límite de la propiedad, encontré la oquedad oscura en la ladera de una montaña. Advertí que ahí también pastaban algunas cabras. Al regresar a la finca tranquilicé a mis padres. Aunque delaté a mi hermano respecto de su pequeño rebaño. Mi padre le reprendió a golpes; y yo partí de nuevo a la ciudad con tranquilidad.

Cierto día un desertor del ejército entró en los terrenos de la granja. Encontró la caverna y le halló confortante para protegerse. Debo imaginar que vio a mi hermano dentro, acostado en su catre, abanicándose o merendando. El desertor, presa del pánico, quiso huir –o eso es lo que revelan las huellas, más pequeñas que los pies de mi hermano, que se encontraron al concluir el peritaje-, pero el fenómeno, más hábil, le atajó el camino. Se enfrentaron cuerpo a cuerpo, hasta que mi hermano dedujo que un peculiar punto débil tenía que suprimirle para eliminar a su atacante. Con un hueso de algunas de las cabras con las que solía alimentarse, desprendió el único globo ocular del intruso, y después huyó horrorizado por una nueva realidad que nunca había experimentado. Invadido por la rabia y la consternación absoluta, se dirigió montado en su bicicleta de montaña hacia la ciudad. Con el tiempo deduje que había llegado a la urbe por casualidad, ya que nunca le habíamos mostrado, hasta donde sé, qué ruta tomar a ningún lugar.

Durante la semana que mi hermano estuvo desaparecido un desconocido impulso me movió a investigar el pasado genético de los Hesse. Inicié mis pesquisas entrevistando a los más viejos de la familia. Con suspicacia, y siempre tratando de ocultar la verdad, preguntaba por parientes que hubieran nacido deformes. A lo mucho encontré que, en tiempos remotos –siempre en tiempos remotos-, había nacido alguno que otro albino, o alguno que otro idiota, y todos ellos habían sido sacrificados apenas nacer. Pero yo recordaba, según un álbum fotográfico de la familia que mi abuela paterna solía presumir, unas extrañas fotografías recortadas con torpeza. La explicación, tajante, era que se trataba de un familiar indeseable, que había defraudado a la estirpe. No quedé conforme con los resultados de mis entrevistas, y acepté que mi capacidad de investigación era limitada.

Días después de la desaparición de mi hermano, los rumores sobre un extraño individuo que vagaba con una deformidad en el rostro llegaron a mi cubículo de la universidad. Al preguntar sobre el origen del rumor, la explicación se perdía hasta llegar a un callejón oscuro que colindaba con la invención. Mentiras, me dije. A los tres días creía probable que mi hermano habría muerto ya, o de hambre o torturado en la cárcel o cualquier otra idea que se me venía a la cabeza. Así que decidí consultar a un viejo amigo genetista. Le conté toda la historia y le pedí que investigara. Un día después de nuestra entrevista, mi amigo el genetista me reveló la verdad oculta tras las fotografías recortadas. Era un niño en brazos que había nacido con dos ojos. La madre –una tía lejana mía- había decido conservarlo por ser el primogénito, pero tiempo después la familia del padre decidió sacrificarlo, como era uso y costumbre. La misma suerte con la que corrieron mis otros antepasados deformes. Es posible, siguió el genetista, que en alguna familia lejana se haya dado la mutación de un gen que despertaba casi cada cien años. Me asombré de la exactitud, y le pregunté al investigador sobre ello. No supo contestarme.

Desde hace mucho tiempo cargo con el pesar de mi inacción respecto a la suerte de mi hermano. Justo a la semana, apareció en la universidad. Me encontraba impartiendo una clase de regularización a un reducido grupo de alumnos cuando escuché ruido fuera del edifico. Bajé corriendo hacia el patio.

Acurrucado, con la cabeza oculta entre las manos; andrajoso y maloliente, lo hallé rodeado de curiosos. Le hablé por su nombre y me miró. Le dije que había una razón por la que lo ocultamos en la granja y lo alejamos de la gente. Débil de cuerpo y espíritu me lo llevé a la oficina, con la ayuda de algunos alumnos. Me comuniqué a la granja. Nos llevó apenas un minuto tomar la resolución más lógica: la que se había postergado.

Después de deliberar con mi padre, acordamos que llegaría a la ciudad temprano por la mañana. Evité emprender una larga charla con mi hermano. Lo duché en los baños del gimnasio y le di de comer en un restaurante cerca. Siempre protegido de mí, recorrimos a pie los escasos metros que separan la universidad de mi apartamento. Lo acosté en mi cama, y lo mantuve abrazado, siempre evitando su mirada. Las palabras que cruzamos fueron pocas. Se limitaba a preguntarme sobre mi vida como profesor de física, y si tenía alguna novia. El mismo tema que mantuvimos siempre en los años previos. Después lo dejé dormir.

Al otro día llegó mi padre en compañía de un oficial de policía. Nos dirigimos a la recámara. El oficial me explicó, antes de entrar, que yo podría hacerlo y me mostró un reglamento con un párrafo subrayado que debía leer. A un lado de la cama, con mi hermano yaciente y dormido, tomé la pistola que me largó el oficial. Leí en voz alta mientras le apuntaba en la sien. Y después disparé.

El sacrificio de mi hermano era lo que el psicólogo buscaba evitar desde su nacimiento. La furia y el odio que carcomieron a mi madre se debían a una reacción natural por haber sido preparada psicológicamente para reprimir su deseo. Le pregunté al sicólogo cuál era su propósito, y me contestó que estudiar el cerebro de un bifocal. Le pregunté si había encontrado algo diferente. Me contestó que no. Después explicó que todas sus conclusiones partieron siempre de la actitud de nosotros, los parientes de mi hermano el fenómeno. Le di la razón –polivalente, había dicho-. A quienes estudió aquel traidor, todos esos años, fue a nosotros. Recordé el circo de freaks que le monté. La vida salvaje al que lo condenaron mis padres. Y mi inacción ante su suerte. Lo entendí entonces porque justo antes de dispararle mi hermano abrió su par de ojos y los prendió en el mío.

espejofalso René Magritte