Niebla entre las patas de nuestras tribulaciones

Mi habitación es un reducto arquitectónico de cuatro paredes blancas, hechas de concreto reforzado. No hay cuadros ni fotografías que las desluzcan, aunque la puerta tiene dos carteles de películas, una en cada una de sus caras. Hay más de trescientos libros acomodados tanto en repisas como en muebles de computadoras, e igual número de revistas apiladas en seis columnas descansando en el piso. Desde ayer el cadáver de un Samsa reposa patas arriba, inmóvil por siempre, al lado de una de las patas de madera de mi cómoda. Fulminado por un haz de líquido insecticida, tambaleó y murió a una hora no específica de la noche de ayer. Quisiera poder imaginar que cada cucaracha que sale de su huevecillo se pregunta por qué es cucaracha para después lamentándose de por vida lo que cree una nueva condición fisiológica dolorosa, o inevitable. No puedo imaginarme eso. No puedo imaginarme nada. No por ahora. El insecto yace inerme ahí, donde lo he señalado. Ahí fue a parar. Casi circuló el perímetro de mi espacio confinado, antes de postrarse todo inmóvil como luce ahora. Ayer movía las antenas con toda familiaridad (cosa tan familiar para Usted como para ella misma). Pero ahora se confunde con la loseta del piso que imita a la caoba, cual si fuera duela. Sobre sale, eso sí, como una mancha café oblonga con filamentos pintados por Dalí. Si alguien la viera de pasada se comportaría como un pariente incomprensible de Samsa. No, nadie está invitado a mi recámara. Nadie tiene derecho a flanquear la puerta de tambor de un cuarto de dólar que me protege del cruel mundo de allá afuera. Antes tendría que ver un cartel. O eso es lo único que le permitiría ver si osare aproximarse sigiloso a mi territorio.

    En todo caso, pregúntese primero por qué habría de acercarse a mi habitación. Es más, ¿por qué se ha aparecido en mi diario? ¿Quién lo ha invitado a entrar? Yo hablaba de cucarachas muertas y fulminadas por insecticidas. O, viéndolo de esta forma, de un insecto aplastado por una poderosa empresa capitalista. El ‘nadie’ aplastado por Goliat. Unas cuantas mentes brillantes, en una época remota, se imaginaron un mundo donde es posible que esposas enjoyadas y empolvadas de Mary Kay no tuvieran otra preocupación que lavar trastes con esponjas 3M, para no lastimar esas delicadas manos. La única preocupación. Nada de insectos. Mucho menos que posean patas, antenas y un par de alas. Este líquido, se dijo, elíxir invertido, antídoto de lo indeseable, acabará y limpiará esta bendita tierra de libertades de todo insecto rastrero. Con los años, el invento en aerosol traspasó fronteras. La guerra que se estaba apenas saldando en aquel tiempo de grandes inventos pasó a ser ensañada en los salones de nuestra educación primaria (yo recuerdo esos años, con una maestra directora que ‘tenía que tener’, a fuerza, una foto del presidente de la república en su escueta oficina), codo con codo con las gestas napoleónicas. Los sumerios, los mujiks y los Aliados peleando en una misma fecha. Con el tiempo todo se revuelve; todo se va olvidando, y las fronteras temporales se dispersan y se disgregan en tanto que nuestras neuronas van muriendo, dividiéndose, naciendo, remudando. Ya es difícil acordarse del suburbio, del nombre de la calle, de la raza del perro que fue apartado para que el rocío venenoso que había activado la preocupación histérica de una mujer bien casada no terminara envenenándolo también. Imposible, todavía más, llevar la cuenta de la horda de Samsas que en millones de hogares han terminado con las patas tiesas. Aunque no todas se han visto en la desesperada necesidad de limpiarse con las patas delanteras lo que les va nublando su panóptica mirada. Todavía mueren aplastadas por suelas de zapatos, periódicos enrollados, manos extendidas, portadas y contraportadas de libros, o cualquier cosa que pueda servir de proyectil. De las muertes espantosas que acabo de enlistar, no resulta un corpus cadavérico del que se pueda dar cuenta. Se tendría que hablar de partes que terminaron esparcidas sobre el piso, en el fondo de la tina, en el abrasador pavimento, sobre el lustroso linóleo de la cocina o la madera de una mesa desnuda.

    En la mayoría de los casos no quedan partes, más bien algo desagradable. Y yo no quiero hacer desagradable mi ensayo entomólogo (…o una aproximación a lo que podría ser ese tipo de ensayo, del que no he leído nada parecido). Razón de mencionar a un espécimen que todavía posa en una pieza entera digna de atención. Y de lamentos, porque este ejemplar no corrió con la fortuna de llegar a despertar. El bautismo de niebla industrial que recibió ayer por la noche (tetrametrina, cifenotrina: sus ingredientes activos), bastó para que, por la mañana, el autor abajo firmante tuviera el único privilegio de sentir el despertar con una pesadez insoportable.

    He notado que una lívida corriente de aire mueve las antenas del cadáver kafkiano y me he acordado de las algas y demás vegetación marina que se dejan mecer por las corrientes subacuáticas. Y allí, también, en el oscuro fondo marino, donde hurgan nuestros mejores poetas, el laboratorio interno de nuestros mares, también se pueblan de numerosos insectos de patas y antenas. Comen carroña; se esconden en las aristas filosas de los arrecifes, que no son más que cementerios calcáreos de coral; se bañan de los cálidos gases que emana la Tierra de su interior más incandescente y algunos otros limpian de parásitos a los animales más grandes que reinan en los océanos. En cambio, mueren por asfixia cuando los cosechan con fines comerciales; envenenados cuando el capitán de un buque petrolero decide que es buena idea encallar y romper el casco de su nave y verter millones de litros de dinosaurio líquido; o mueren también, cosa más triste amigo, amiga, Usted y Usted, entiéndalo, porque una delgada capa ozono que nos protege de los rayos ultravioleta, con el paso de las décadas, se ha ido adelgazando, hasta perder su propiedad reflejante, dejando pasar la radiación solar que eleva la temperatura de los mares. La clave está en los CFC’s de los insecticidas que se usan tan cómodamente en los hogares de las mejores democracias para matar a los primos terrestres de los camarones. El océano se va calentando. Sus habitantes se van muriendo, o migran a otras regiones… En todo esto, ¿habrá poetas en el futuro que aún puedan buscar en lo más profundo de nuestras tribulaciones?

Comentarios

Rakro ha dicho que…
Más de uno está de acuerdo: los poetas son una especie en extinción. Y si a Dios lo asesinó la compansión, a los poetas los asesinará su sensibilidad...

Un texto encantador!
Bravo!

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