Reproche

Últimamente me ha costado trabajo más que nunca dedicarme al noble oficio. Ya no me dedico y esa es la única verdad. Recuerdo que una vez te dije que estaba preparando una novela, pero no recuerdo la expresión de tu rostro ni tu respuesta hablada: estaba más preocupado por mentir que en conocer el efecto de la mentira. De eso sólo escribí dos tristes párrafos que no he vuelto a tocar. He dejado, además, dos cuentos inconclusos que comparten un tema religioso pero desde diferentes enfoques. Y ante la imposibilidad de terminarlos me he tomado unas vacaciones que pensé serían felices: leer mientras encuentro una solución. Pero al cabo de un tiempo me he volcado a los libros más como fanático con las características de un obsesivo compulsivo que con la visión mesurada y paciente de alguien que lee para aprender, más que por divertimento puro. Una de esas razones por las que escaneo los renglones más que leerlos es la falta de tiempo. Leo rápido cual aqueo perseguido por un valeroso Héctor. Y rapidez no significa precisión. Mis escasas horas libres (un par de horas en la noche y los fines de semana) no son suficientes para leer lenta y pausadamente, para consultar al diccionario cuando se solicita, para retroceder cuando se ha perdido en el acto mismo de leer. De esas cosas no puedo disponer y me voy con velocidad, con la promesa de una relectura del libro en cuestión que casi siempre toma muchos meses después. Y eso al voltear la vista hacia un hipotético estanque repleto de libros y autores que me faltan por conocer y que no valdría la pena enumerar aquí. Y si no tengo tiempo suficiente para leer con calidad menos para escribir, para lo que se dice, sentarme a escribir sin distracciones. Uno de los dos cuentos a los que me he referido se llama “Noé, el genocida”, al cual le di un diminuto avance una tarde después de descansar en esa temporada en la que trabajé en Nuevo Ixtacomitán, comunidad apartada de Las Choapas donde pasé quince días de aislamiento. Y pude dar un avance al escrito porque las lluvias no dejaban que yo y mi colega hiciéramos el trabajo por el cual estábamos ahí. Y también porque mi colega dormía al efecto arrullador que produce la lluvia en las láminas de zinc. O sea, porque estaba solo y un poco desquiciado por “no hacer nada”. Pero después de esa esporádica reanudación del noble oficio no he hecho algo más significativo. Vamos, en muchos meses no he hecho nada. Siento que no avanzo en nada, que estoy estancado, atracado, con el ancla bien puesta en el fondo. Lo único que hago es trabajar y trabajar sin saber para qué o para quién (o quiénes). Al regresar a Xalapa me fui a comprar unos cuantos libros. Gasté $ 1,199.00 en nueve libros diferentes. Tan sólo tres semanas antes eso hubiera significado un poderoso atiestamínico, atiespasmódico, antigripal, antiviral, anti aburrimiento… Pero no me curó. Erré en la prescripción. Llegué a mi cuarto con la bolsa pesada de libros. Los dejé a un lado y me senté en la cama. Cerré los ojos y aspiré aire con lentitud por la nariz, como si mañana se tuviera que acabar la vida. Y no toqué los libros hasta tres días después, para ponerles mi firma en ellos y acomodarlos en el librero. Junto a los otros que he ido comprando y que sí me habían hecho feliz por un instante. Unos días después y me encuentro escribiendo esto con la novedad de que un gran maestro de la literatura lo fue a la muerte del padre, cuando se tubo que quedar a vivir en casa a lado de su madre con tiempo de sobra para leer y escribir sin tener que preocuparse por el dinero. El padre muerto le proveyó los ingresos para que el joven Gustave Flaubert se dedicara a lo que él más amaba en la vida. Vargas Llosa me hizo saber esa verdad: sólo un escritor bueno lo es cuando se dedica a ello por tiempo completo. No un par de horas después del trabajo. La rutian va a matarme el apetito por crecer.

Me voy a convertir en una cucaracha oficinista. Un mecánico de la respuesta hecha y la frase hiper masticada. Un mecánico de las emociones mil veces repetida, del pensamiento impuesto, como un pan puesto a remojar en leche bronca. O tal vez ya estoy en ese proceso. La puerta se cierra. Nunca supe que hay detrás de la creación literaria. Tal vez sólo me toca seguir el manual y atacar la normatividad que inunda el trabajo. Porque eso es lo que hago: hacer lo que dice el manual. No hay mucho espacio para la improvisación y el sello propio. La puerta se cierra. Veo una reunión de hombres librepensadores y yo no estoy invitado. La puerta se cierra y yo no estoy dentro. Nací en el seno de la clase obrera, ¿acaso un adolescente común y corriente hijo de un obrero, nieto de obreros, bisnietos de campesinos, tataranietos de campesinos europeos, iba a poder hacer la grande en el universo de la creación y la producción literaria? No lo sé. Al menos que encuentre tiempo libre y la mente despejada.

Comentarios

Rakro ha dicho que…
Yo no creo que sea sólo cuestión de tiempo... Es cosa de dejar de autocompadecernos en aras de darnos un espacio para escribir...

No se trata de producir la siguiente obra de referencia obligada... Si no de disfrutar la pluma (lease teclado?) plasmando una parte de nosotros...

Soy de la idea de que lo único que nos detiene para hacer las cosas que nos gustan, somos nosotros mismos...



Es bueno leeros de nuevo
Saludos
Pato ha dicho que…
Oye , me identifiqué con este post , me gusta muchísimo leer, un amigo me regaló 6 libros , ya leí 2pero , si tienes razón el bendito tiempo .
ja ja me hiciste reir con eso de " cucaracha " oficinista !
Un abrazo y volveré !
( ya sabes , el tiempo )
Pato ha dicho que…
Holaaaaaa !
De visita , como estás ?

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